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ASUNTO: San Juan Pablo II: mis encuentros y anécdotas con el Papa
FECHA/HORA: 02xxxxL ABR 05
ÚLTIMA REVISIÓN: 301504Z ABR 11
REFERENCIAS
Este artículo apareció publicado por primera vez en la página web de los estudiantes y licenciados de Filología Hispánica de la Universidad Jaguelónica de Cracovia (Polonia). La versión original está disponible en el siguiente enlace:
http://www.iberysci.pl/13392,11928/11928/art1040.html
Esta nueva versión, corregida y ampliada, es una respuesta a la invitación que la Santa Sede ha hecho a los “blogueros del mundo, uníos” para que cuenten sus experiencias, recuerdos y encuentros con San Juan Pablo II.
INTRODUCCIÓN
Un General retirado de los servicios de inteligencia militar israelíes me repitió en cierta ocasión una especie de leyenda urbana, que se parece más bien a un chiste de esos que circulan por la comunidad de inteligencia de cualquier país OTAN:
—¿Cuáles son los mejores servicios de inteligencia del mundo?
—Los del Vaticano, porque jamás nadie ha escuchado que existan.
En este sentido, mis colegas suizos destinados en Inteligencia Militar no sin cierta razón presumen de que la Guardia Suiza Pontificia es la operación de mantenimiento de paz más antigua y, sin duda, duradera de la Historia…
Para futuras entradas dejaremos el análisis de las capacidades, intenciones, limitaciones, probables cursos de acción, centros de gravedad y vulnerabilidades críticas de los servicios de inteligencia de la Santa Sede.
En este artículo no vamos a hablar de Inteligencia Militar ni de Infantería de Marina, sino de mis encuentros con San Juan Pablo II, el Papa que vino “de un país lejano” y que venció al Comunismo.
DESARROLLO
TOTUS TUUS!
Por Don Lope de Figueroa. Maestre de Campo del Real y Glorioso Cuerpo de Infantería de Marina
El primer título que se me ocurrió, a la hora de redactar este texto, fue: El Papa y yo, plagiando al Platero y yo de mi querido Juan Ramón Jiménez.
Pero antes de entrar en materia, permítanme Vuecencias ponerme bajo la intercesión de la Santísima Virgen María. Como San Juan Pablo II, yo también quiero decirle a la Madre de Dios: Totus Tuus!
Reconozco que este artículo yace en la carpeta “Mis documentos” de mi portátil desde el 2 de abril de 2005. Por aquel entonces, el primer título que se me vino a la cabeza fue el estribillo de unas populares sevillanas, que en España le cantábamos al Papa:
Algo se muere en el alma
Cuando un amigo se va…
Y más adelante, el estribillo se remata con el siguiente verso:
Que hasta la guitarra mía llora cuando dice adiós.
No. Lejos de mí el que esto parezca una homilía; ni tampoco pretendo convertirme en un apologista, aunque seguro que alguno habrá que piense que estoy haciendo proselitismo (Deo omnis gloria!). Aquí —ni más ni menos—, voy a limitarme a contar mis encuentros con el Papa Juan Pablo II, los cuales a lo tonto, a lo tonto, han sumado unos cuantos…
1982: De oídas, España
La primera vez que el Papa vino a España fue en 1982. Ese año lo recuerdo más por Naranjito y el Mundial de Fútbol, que por la propia visita apostólica.
Lo que sí recordaré toda mi vida, fue la primera vez que oí la voz del Papa por televisión y cómo pronunciaba su divertido: “Higos de España” [Traducido literalmente al polaco: "figi Hiszpanii", en vez de decir “hijos” (synowie)].
Pero de esa primera visita ya quedaría grabada a fuego en la conciencia nacional de los españoles su frase: “¡España, tierra de María!”. Por cierto, que nunca le perdonaré al Papa que no visitara mis Islas Canarias.
“¡España, Tierra de María!”: De esta manera tan hermosa se refería el Santo Padre a mi país, España. No nos engañemos, los polacos sólo tienen “una” Virgen: la Virgen Negra de Częstochowa; pero en España las tenemos para dar y regalar. Creo que somos el país más mariano del mundo, porque a cada dos pasos te encuentras con una advocación diferente para la Theotokos, que dirían los griegos.
Por poner un ejemplo, cada una de las Islas Canarias tiene su propia patrona: El Hierro, la Virgen de los Reyes; la Palma, la Virgen de las Nieves; La Gomera, la Virgen de Guadalupe; Tenerife, la Virgen de Candelaria; Fuerteventura, la Virgen de la Peña; Lanzarote, la Virgen de los Volcanes; y mi isla, Gran Canaria, con la más guapa: la Virgen del Pino.
Pero es que aquí no acaba la cosa, porque luego hasta el último rincón de cada islita tiene su propia patrona. La mía, Santa María de Guía, que además da nombre a este municipio de rancio abolengo.
De la tele recuerdo también las bendiciones Urbi et Orbi. Me fascinaba oír al Papa hablar en tantos idiomas (¡también en polaco!), con motivo del Año Nuevo o de la Pascua de Resurrección. También me divertía oír a los escandalosos españolitos de fondo. Sin duda, somos los que más gritamos durante las audiencias, con nuestros coreados cantos de guerra:
¡Totus tuus!
¡Amo te!
¡Viva el Papa!
¡¡¡Olé!!!
O el popular:
¡Juan Pablo!
¡Segundo!
¡Te quiere todo el mundo!
O el consabido:
¡Se nota!
¡Se siente!
¡El Papa está presente!
1989: Santiago de Compostela y Covadonga, España
Mi primer encuentro en vivo y en directo con el Santo Padre tuvo lugar en “a miña terra gallega“, concretamente en Santiago de Compostela, durante la Jornada Mundial de la Juventud (agosto, 1989).
Recuerdo aquella multitudinaria Misa en el Monte do Gozo. Jamás había visto tanta gente junta (¡ños!) y, sobre todo, proveniente de tantos países. Aquella noche dormimos a la intemperie, esperando la Misa del día siguiente.
Las canciones preparadas por los “kikos” (los neocatumenales) me parecían penosas (“Pasta gansa” y cosas por el estilo). Me hizo gracia que los alemanes fueran los únicos que habían demarcado su territorio. Recuerdo que una de mis trastadas consistió en saltar de espontáneo en una especie de espectáculo, que emulaba el traslado de la antorcha olímpica. Recorrí un pequeño tramo, hasta que los de la organización se dieron cuenta de que se trataba de un “impostor”.
En Santiago de Compostela aprendí que si quieres estar cerca del Papa hay que aprender a saltarse las barreras a la torera (¡y nunca mejor dicho ). El objetivo: colocarse siempre lo más cerca posible del estrado, altar, escenario o, en el peor de los casos, de alguna de las pantallas gigantes. Esta “modalidad deportiva” la he practicado luego con diferente éxito en todos mis encuentros con el Papa y siempre me ha reportado excelentes resultados; de hecho, más que tener un pase para alguno de los mejores sectores.
Después de la Jornada Mundial de la Juventud, mis amigos y yo “perseguimos” al Papa hasta el Santuario de Covadonga, en Asturias, patria querida. Echándole cara, conseguimos colarnos en todas partes, superando así los sucesivos controles policiales y de seguridad, con la excusa de que éramos canarios y que veníamos desde muy lejos y bla, bla, bla.
Una de mis misiones en Covadonga fue conseguir la comida para los 15 canarios. Ni corto ni perezoso, me colé en las oficinas de coordinación de los voluntarios y me topé con una montaña de bolsas de comida. Estaba haciendo acopio de material, cuando el encargado me inquirió con un: “¡Joder, chaval! ¿se puede saber que coño estás haciendo?”. En momentos como ese, si dudas estás perdido. Con mucha seguridad le expliqué que recogía la comida de los canarios, que nos volvíamos al día siguiente a las Islas y que bla, bla, bla. Se tragó la bola y pudimos comer y cenar aquel día.
En Covadonga hay una fuente con siete pitorros. Dice la tradición que si consigues beber de los siete seguidos sin respirar, te casas antes de un año. Yo lo conseguí, pero quizá no nos afecte a los isleños, porque al año seguía de single.
Para estar cerca del Papa nos hicimos pasar por los de la organización. Esa noche la volvimos a pasar al raso, en la cuneta de la carretera que conduce desde Covadonga hasta los “flipantes” lagos de Enol. Serían las cinco y pico de la madrugada, cuando siento que algo metálico me está golpeando machaconamente en la frente. Casi me hago pis del susto dentro del saco de dormir. Se trataba de la bocacha de la legendaria “Z”, el típico subfusil ametrallador que entonces portaba la Guardia Civil. Con mucha educación, los agentes de la Benemérita nos invitaron a abandonar aquella zona, aduciendo que por allí pasaría el Papa, para tomar el helicóptero. Con el saco a cuestas y a medio despertar, me dirigí hacia un edificio cercano, separándome del resto del grupo. El edificio parecía un parador o algo así, pero me llamó la atención que a esas horas hubiera allí unas quince personas (monjitas incluidas), como esperando a alguien. Y ¡¡¡¡ZAS!!! De la puerta de entrada salió —¡chachán!—, Su Alteza Real el Príncipe de Asturias. Como buen canario, mi primera reacción fue otro sonoro: “¡¡¡Ños!!!”. Pero para mi sorpresa, detrás del Heredero a Trono de las Españas y los territorios de ultramar, aparece el mismísimo Juan Pablo II. Los pocos que estábamos allí, enseguida nos arremolinamos alrededor suyo, sin empujones ni guardaespaldas. El Papa nos fue saludando uno a uno con un apretón de manos e impartiéndonos la bendición. Sí, querid@ internaut@, he visto al Papa cara a cara y le he saludado en la mano. Jamás volvería a estar tan cerca de Juan Pablo II. La más espabilada fue una monjita que estaba a mi lado, que le pidió un rosario. El Papa inmediatamente se sacó uno del bolsillo y se lo regaló (¡Seré gilipollas! Ahora me arrepiento de no haber sido más “ágil” aquel día…).
1991: Częstochowa, Polonia
En agosto de 1991 asistí a la Jornada Mundial de la Juventud de Częstochowa. Era la primera vez que salía de España (¡wow!), y también la primera que iba a visitar un país con el cual desde entonces me uniría una relación muy especial (Teraz Polska!). Tan especial, que por culpa de ese viaje me decidí a estudiar Filología Eslava en la Universidad Complutense de Madrid.
En Częstochowa nos quedábamos en un colegio que olía a Zotal® (“sotal” para los canarios, el desinfectante). Los desayunos los teníamos en un restaurante cercano. Recordaré toda mi vida la primera vez que tomé mermelada de “frutas del bosque”, llena de pepitas y para mi paladar guanche un tanto ácida. De los desayunos también recuerdo el café: el peor café que he bebido en toda mi vida. Por aquel entonces los polacos todavía no conocían el invento de la cafetera. La forma de preparar el café que tenían era llenar hasta la mitad la taza con café molido (¡no soluble!), para luego servir el agua caliente, de manera que era lo más parecido a beber agua con arena (¡puaj!).
También me da náuseas —“me agita tóo, cristiano”, como dicen en Canarias—, recordar una especie de bebida gaseosa de pomelo, impotable para un canarión acostumbrado al Clipper de fresa.
También me llamó la atención el que las polacas no se depilaran (¡menuda selva en las piernas!), y que la gente fuera más bien flacucha. En Częstochowa, en vez de acercarme al Papa, decidí “ir contracorriente”: me separé del grupo de españoles y me acoplé a un grupo de jóvenes peregrinos polacos. De ese grupo recuerdo sobre todo a Elżbieta y sus ojazos azules… Con ellos aprendí a decir “tak”, “ñié”, “yencuye” (dziękuję) y “¿eres una cochina?” (która jest godzina?). Espero que mis amigos polacos no se me escandalicen, pero los españoles, en vez de cantar el archiconocido:
Madonno!
czarna Madonno!
Jak dobrze
Twym dzieckiem być!
cantábamos con la misma melodía:
Manolo,
hay Manolo,
dos con leche
y uno solo.
También nos gustaba cantar el “Lavacoches” (Abba, Ojcze!)
En Częstochowa también tuve la suerte de conocer a otro santo: D. Álvaro del Portillo, por aquel entonces Prelado del Opus Dei, que celebró una Misa para los hispanohablantes en el propio Santuario de Jasna Góra. Allí tuve el primero de mis encuentros con la Virgen de Częstochowa. Yo ya conocía a otras vírgenes morenitas (tenemos unas cuantas en España), pero ninguna con ese par de cicatrices en la cara y ese rostro tan apenado… Más tarde descubriría que los polacos, a pesar de lo que han sufrido a lo largo de la historia, no son tan tristes como los pintan.
De Częstochowa me queda también la exhortación del Papa para que Europa volviera a respirar con sus dos pulmones. ¡Y vaya si ha vuelto a respirar! La polvareda que levantó la caída del Muro de Berlín todavía estaba en el aire y, de hecho, nada más cruzar la frontera de Polonia con la extinta República Democrática de Alemania (Ruhe in Frieden die DDR!), se produjo el golpe de Estado en Moscú, que encumbraría al copero Boris Yeltsin.
Como he dicho, por culpa de esa primera estancia en Polonia, me decidí a estudiar Filología Eslava; y desde entonces Polonia pasaría a ser mi segunda patria (Polak i Hiszpan – dwa brantanki! I do szabli i do szklanki!).
1992: Roma, Italia
Mi siguiente encuentro con el Papa fue durante la Beatificación de S. José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Dicha Beatificación tuvo lugar el 17 de mayo y, al día siguiente, el ya obispo Álvaro del Portillo ofició una Misa de Acción de Gracias en la propia Plaza de San Pedro. El 18 de mayo le cantamos el “cumpleaños feliz” (Sto lat!) al Papa, mientras saludaba a los peregrinos desde el papamóvil. Sin duda, ese “cumpleaños feliz” debió entrar en el Libro Guinnes de los Récords.
Sí. También le he cantado el Sto lat! al Papa.
1993: Madrid, España
“El Papa viene a verte” era el lema de la visita que el Papa hizo en junio de ese año a Madrid. A pesar de estar en época de exámenes finales, con mis amigos del Colegio Mayor Montalbán empapelamos Madrid, colocando carteles de salutación y bienvenida en los lugares más inverosímiles (y no exagero).
Además, fijé una bandera de Canarias en una palo tan alto, tan alto (no va a ser menos un canario que los catalanes, vascos, gallegos o extremeños, digo yo), que al día siguiente conseguí que “se viera” en las portadas de todos los periódicos. Este truco lo aprendí con los polacos (Kanaryjczyk też potrafi!).
1995: Roma, Italia
Mi siguiente encuentro con el Papa fue durante el Congreso UNIV, que se celebra cada año durante la Semana Santa en Roma. Recuerdo que me pagué el viaje trabajando como “Técnico en Reubicación de Mobiliario”, es decir: mozo de mudanzas. Mereció la pena dejarse el lumbago, porque pude asistir a los oficios de Semana Santa en la capital del Cristianismo y que culminaría con la Vigilia Pascual, que el Papa celebró la noche del Sábado Santo en el Vaticano: fucking A-M-A-Z-I-N-G!
Por aquel entonces ya chapurreaba el idioma de Kochanowski, de manera que podía desgañitarme con mi traducción del “Viva el Papa” al polaco: Niech żyje Papież!
2002: Cracovia, Polonia
Esta fue otra de esas “locuras” en mi relación con JP2. Como seguro que recuerdas, a mediados de agosto de 2002 el Papa visitó la legendaria ciudad de Cracovia. Por aquellas fechas yo me encontraba residiendo en Frankfurt an der Oder (Alemania), más coloquialmente conocido como “Frankfurt Joder“.
Ni corto ni perezoso, la noche del sábado al domingo 18 de agosto me cogí un autobús hasta Zielona Góra (¿Montaña Verde o Monteverde?). Viajaba con lo puesto. Efectué trasbordo en Wrocław, para continuar mi periplo en tren, sin saber exactamente a dónde iba, pues sólo había estado antes en Cracovia una vez en mi vida; pero no en Cracovia-Cracovia, sino en las afueras de Cracovia, trabajando como voluntario en unas instalaciones de la Fundación Brat Albert, con disminuidos psicofísicos.
En Wrocław comenzó la pesadilla de mi viaje, porque el tren iba hasta arriba de peña. Más que un tren, aquello parecía una lata de sardinas escabechadas o esos trenes cargados de hindúes de los documentales de la 2, sólo que aquí en vez de indios, eran polacos.
No entiendo cómo los chicos del PKP no previeron que con la visita del Papa, t-o-d-o el mundo querría desplazarse hasta Cracovia. En principio, mi plan era sencillo: llegar, asistir a la Misa con el Papa y volverme esa misma tarde a Alemania… ¿Sencillo? ¡Y una mierda!
La última parte del trayecto la hice en un “pociąg osobowy” (tren de cercanías polaco). Insisto, aquello casi recordaba más a La India, si no fuera porque los polacos no se subían a los techos de los vagones. De repente, el tren se paró literalmente en medio de la nada. A los primeros minutos de desconcierto, siguió el rumor de que el tren no podía llegar hasta su destino, porque la Estación Central de Cracovia estaba colapsada y saturada de viajeros. La gente empezó a saltar de los vagones y, como poseída por una fuerza oculta, comenzó a caminar en una misma dirección. Oí que alguien decía que Błonia estaba a unos 4 Km a pie. Ya lo dice el refrán español: “Donde va la gente, allí va Vicente”. En suma debió ser una media hora de paseíto campo a través. Sin saber cómo, llegué hasta Błonia. Ahora sé que por su esquina suroeste. Rápidamente, valoré la situación, sobre todo cuando me di cuenta de que HACÍA FALTA INVITACIÓN PARA ACCEDER AL RECINTO (¡cago en la…!).
Vallitas a mí, empecé a saltar sectores, hasta que un par de polis me cortaron las alitas. En ese momento, cerca de mí un sacerdote entregaba a una señora con un niño un par de entradas para el siguiente sector. Me acerqué al cura y “po polsku” le expliqué que era español, que venía desde muy lejos y que bla, bla, bla. Aquello parecía la reventa de entradas para un partido de fútbol, sólo que aquí no tuve que pagar y toda mi vida le agradeceré a aquel anónimo sacerdote polaco el favorazo que me hizo. Aún me pregunto si sería mi Ángel de la Guarda disfrazado de cura. Esa entrada me permitió seguir penetrando tanto en los sectores, que al final sólo tenía delante de mí a los peregrinos que venían en silla de ruedas. (¡Siempre se puede más!)
Recuerdo especialmente lo emotivo que fue ese encuentro en Błonia. La gente estaba llorando. Se respiraba a despedida en el aire. Al final, ponía los pelos de punta escuchar el “Zostań z nami! Zostań z nami!” que gritaban los asistentes.
A pesar de todo, recuerdo también que el Papa gastó muchísimas bromas, tanto durante la ceremonia, como durante su alocución final, que ayudaban a rebajar la “tensión” que flotaba en el ambiente. Tela marinera también el “Bóg bogaty w miłosierdzie”, como telón de fondo de esa visita apostólica. Pero esa es otra historia y ya te prometí en la introducción que no va a ser esto una homilía.
Después de la Misa quise visitar Cracovia… ¡Je, Cracovia…! Toda la ciudad era como el Metro de Madrid en hora punta. Eso sí que era una Misión Imposible. ¿Quién me iba a decir a mí por aquel entonces, que al cabo de un año me vendría aquí a trabajar en la Universidad Jaguelónica de Cracovia?. Unos lo llaman “casualidades de la vida”, yo prefiero llamarlo PROVIDENCIA.
2002: Roma, Italia
La verdad es que después de Błonia tuve empache de Papa. El 6 de octubre de ese mismo año se celebró en Roma la Canonización de San José María Escrivá de Balaguer. Desde Alemania tampoco falté a la cita. De esa estancia recuerdo que me hice una foto con un joven estudiante cracoviano, que falleció en un accidente al verano siguiente, durante una excursión a los Pirineos.
También que “asalté” al mítico Lech Wałęsa en el aeropuerto de Fiumicino, pero dudo mucho que él se acuerde de mí, aunque no sería esta ni la primera ni la última vez que coincidiría con este Premio Nobel de la Paz.
2003: Madrid, España
En el 2003 ya estaba de vuelta en la Península. El mes de mayo, San Juan Pablo II visitó de nuevo España. Hubo un encuentro con los jóvenes en el aeródromo de Cuatro Vientos y beatificaciones en la Plaza de Colón. El lema de su visita: “Seréis mis testigos”.
Los católicos españoles siempre sabemos sacarle punta a la vida. El “seréis mis testigos” se transformó enseguida en un “seréis mis testículos” (¿sería por culpa de los “Testículos de Jehová“?). Esto, que en realidad puede parecer una vulgaridad, si lo mezclamos y lo agitamos bien con el “no tengáis miedo” que tanto le gustaba repetir al Papa, a la conclusión a la que nos lleva es que, con los tiempos que corren de laicismo imperante, hay que “tener cojones” (también las féminas), para ser cristiano.
No es que ya no me considerara “joven” en los madriles, pero allí no tuve que saltarme sectores, porque tenía entradas para el privilegiado sector polaco, ocupado por la Polska Parafia de Madrid, donde colaboraba como profesor voluntario de español, enseñando lengua española a los inmigrantes polacos (entonces todavía ilegales).
La “machada” en esta ocasión fue un macro cartel (100×12 m) que colocamos muy cerca de la Nunciatura apostólica, en el que se leía: “SÍ A LA VIDA”, del movimiento Provida español.
Así pues, también puedo presumir de haber estado con el Papa en su quinta y última visita a la piel de toro.
2005: Cracovia, Polonia
Esto en realidad no fue un encuentro como tal, pero por esas “casualidades de la vida” que he citado antes, el fallecimiento de Juan Pablo II me pilló en Cracovia, la ciudad donde había pasado la mayor parte de su vida.
El viernes 1 de abril había participado en la velada de oración que se organizó en la iglesia de los dominicos. Recuerdo que respiré con alivio cuando oí el parte médico de las 12 del mediodía del sábado 2 de abril. Ese mismo día me tocó comentar en directo para algunos medios de comunicación españoles cómo se estaba viviendo en y desde Cracovia la agonía del Santo Padre.
Por la tarde había quedado con una amiga (sin derecho a roce) para ir al cine en la Galería Kazimierz. La verdad es que me lo pasé pipa con la peli (Hitch), pero nada más terminar la proyección, los de seguridad empezaron a cuchichear cosas al oído de la gente que iba saliendo. En España, en vez de esa manía confabulatoria de los polacos, lo más probable es que alguien hubiera gritado de viva voz: “¡A ver, un poquito de atención, por favor! ¡El Papa ha muerto!”.
Mis temores iban acrecentando cuando salimos a la calle y pasamos por el barrio judío de Kazimierz. En las ventanas había encendidas velitas votivas y en la zona de botellón de Kazimierz reinaba un silencio “atípico” (los que conozcan Kazimierz by night, sobre todo saturday night, saben a qué me refiero). Delante de Alchemia confirmé mis sospechas con un taxista de Barbakan, quien me confirmó la trágica noticia.
No. No me puse triste, ni me sentí desconsolado, ni desamparado, ni lloré, ni gaitas. Por el contrario, me invadió una especie de paz interior y el firme convencimiento de que el Espíritu Santo nos había regalado un nuevo intercesor… Sin duda, Polonia perdía a su hijo más célebre, pero todos nosotros ganábamos un nuevo santo en el Cielo.
El jueves 7 de abril asistí a la Misa “del millón” en Błonia, después de la Marcha Blanca. De nuevo conseguí estar muy cerquita del estrado, pero qué importaba ya…
No quiero parecer una “carismático”, pero lo que sí sentía en lo profundo de mi alma era ya ese aluvión de gracias espirituales y materiales que el Señor estaba empezando a derramar sobre su grey, por intercesión de uno de sus pastores más solícitos. Creo que nos quedamos “cortos” con lo de San Juan Pablo II, “el Magno”…
De todas formas, aquella semana de luto nacional fue de las más tristes que he pasado en Polonia. No por mí, sino por lo destrozados que estaban mis polaquitos…
Recuerdo que el lunes una alumna —de cuyo nombre ni quiero ni puedo acordarme—, tenía que hacer una exposición en clase sobre la Comunidad Autónoma de Andalucía. De repente, el llanto le cortó la voz y el resto de la clase se me puso también a llorar (ver para creer).
Aunque parezca increíble, guardo un grato recuerdo de esos días que pasaron hasta el entierro del Papa. La tele volvía a rescatar de sus archivos gráficos un montón de reportajes y grabaciones, donde se veía a un Juan Pablo II todavía joven y pletórico de energía; muy alejado de esa imagen demacrada y enferma que recordábamos de sus últimos meses. De todas formas, el valor de la dignidad humana fue una constante de su pontificado, lo cual no sólo defendió de palabra, sino que corroboró con obras, con su propia vida, también durante su vejez y su enfermedad. ¡ACOJONANTE!
La ceremonia del Entierro me pilló ya en Varsovia. Ese viernes por la tarde tenía un vuelo a Madrid. Iba en el autobús 192 por una ciudad vacía, como devastada por un ataque con armas químicas o bacteriológicas. De repente sonaron las sirenas antiaéreas y el chófer detuvo el autobús en medio de la calzada, en señal de respeto. Cuando concluyó aquel desgarrador lamento, reinició la marcha.
En el aeropuerto se habían instalado pantallas gigantes extra, para que la gente que volaba ese día pudiera seguir la ceremonia en directo… En Varsovia se me quedó grabada en la memoria una pancarta que vi por la tele y que rezaba: “¡Santo súbito!”.
Si Dios quiere, espero asistir tanto a la Beatificación, como a la Canonización (¿2010?) de Juan Pablo II.
Pocos días antes del Cónclave del 18 de abril me vi con un Coronel retirado que había servido varios años en la J2 del Estado Mayor Polaco en los tiempos del Pacto de Varsovia y luego en los extintos Wojskowe Służby Informacyjne, el mítico WSI, los servicios de espionaje militar que estuvieron vigentes en Polonia hasta 2006. Comentamos de pasada la elección del nuevo Papa y, sin ningún atisbo de duda, me dijo que el Cardenal Ratzinger sería el próximo Papa, pero que probablemente no saldría elegido en la primera votación y que si se traspasaba la segunda jornada, podría olvidarse de ser Papa. Aquella especie de “estimación de Inteligencia” no resultaría muy descaminada, porque el 19 de abril hubo fumata blanca y estrenamos Papa en la Iglesia Católica: Benedicto XVI.
2006: Roma, Italia
Estrené aquel Año Nuevo, pero sin comerme las uvas (¡snif!) en la Ciudad Eterna. Intenté visitar la cripta del Santo Padre el miércoles 4 de enero… ¡Craso error!, porque justo ese día había habido Audiencia General con Benedicto XVI (“Benedykt iks-fau-i“, como dijo una vez un “Polak Mały“), y la cola llegaba hasta la Via della Conciliazione. A día siguiente, la cola también llegaba hasta la citada vía, ergo a esperar tocan.
Ahora para entrar en San Pedro sólo hay tres carteles, con las siguientes indicaciones: “Basílica”, “Cúpula” y “Juan Pablo II”. La cola para visitar la cripta con los restos de San Juan Pablo II era la más laaaaaaaaarga. Es curioso que un par de metros más adelante se encuentren las reliquias del mismísimo San Pedro, pero la gente al que le iba a rezar era a San Juan Pablo II. Yo también.
Lecturas recomendadas
Hasta ahora he hablado de mis encuentros con Juan Pablo II. Pero he tenido también la oportunidad de conocerle de una manera —digamos—, más intelectual o pastoral, si se prefiere.
De este Superpapa me he leído las siguientes encíclicas (que recomiendo vivamente):
- Redemptor Hominis,
- Laborem Excercens,
- Redemptoris Mater,
- Sollicitudo Rei Socialis,
- Centessimus Annus,
- Veritatis Splendor,
- Ut unum sint,
- Fides et ratio y
- Ecclesia de Eucaristía.
Las Exhortaciones Apostólicas:
- Christifideles Laici,
- Reconciliato et Penitentia
- y la Familiaris Consortio.
Y por último, estas tres Cartas Apostólicas:
- Novo Millennio Ineunte,
- Mulieris Dignitatem,
- y la Tertio Millennio Adveniente.
Evidentemente, también me he leído el Catecismo de la Iglesia Católica y su libro —cuando todavía era el cardenal Wojtyła —, en español y ¡en polaco!: Amor y responsabilidad (¡¡¡LA REMANLECHE!!!)
Mi último descubrimiento, precisamente al poco de su marcha al Cielo, y en la línea de Amor y Responsabilidad, ha sido toda la catequesis que dirigió durante las audiencias generales de los miércoles, sobre la “Teología del Cuerpo”, que en español está publicada bajo los títulos: Varón y Mujer y Matrimonio, y Amor y Fecundidad. También recomiendo vivamente su lectura, aunque ambos títulos son ciertamente “densos” de contenido.
2011: Ost-Berlin, ex DDR
La parroquia de S. Mauricio en Berlín-Lichtenberg se alza a escasos minutos de la antigua sede central de la Stasi, convertida hoy en museo, en el extinto Berlín Oriental (Ich bin ein Ossi, aber requiescat in pace die DDR!).
A comienzos de abril de 2011, habíamos concertado una cita con el párroco para concretar algunos detalles del Bautizo de una de mis hijas. Una de las partes que componen el ritual católico del bautizo son las letanías a los santos. Comienza invocándose a la Santísima Virgen María, a su esposo San José, a San Juan Bautista, etc. Anyway, la Iglesia deja abierta la posibilidad de incorporar aquellas santas y santos de especial devoción para los padres y/o padrinos.
Pues bien, yo quería introducir en las letanías al beato Juan Pablo II. La primera reacción del párroco alemán fue un rotundo: NEIN!
Intenté argumentarle que, como en el fútbol, la intención es falta, y que la Iglesia Católica ya había sancionado la beatificación de S. Juan Pablo II. El Párroco, con muy buen criterio pero poquísima cintura, me replicó que aunque fuera beato de hecho, todavía no lo era “de Derecho”. Volví a la carga proponiéndole decir: “Diner Gottes Johannes Paul II” (trad.: “el Siervo de Dios Juan Pablo II”). Me dijo que lo pusiera entre paréntesis y que durante la ceremonia él ya vería… Al final, durante el bautizo, a pesar de los reparos originales, el párroco berlinés también invocó al Siervo de Dios Juan Pablo II.
A lo que sospecho, ha sido el primer bautizo de toda Alemania (¿y de Europa Central y del Este? ¿Y del mundo-mundial?) que tuvo a San Juan Pablo II entre su Anrufung der Heiligen.
Y colorín, colorado, este artículo se ha acabado, por lo menos hasta la próxima Canonización de San Juan Pablo II.
Sancte Joannes Paulus II, ora pro nobis!




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